1 abr 2007

GRAN HERMANO.....GRAN MUESTRARIO DE MEDIOCRIDAD

Son muchos los analistas que han reparado en el detalle de que el ex convicto por robo a mano armada a cuatro estaciones de servicio en el, 98 sea el mejor adaptado a Gran Hermano, encierro que formateó para la TV mundial el empresario holandés Johannes de Mol. En cambio, los Livelli están enojadísimos con Jonathan, el carilindo de rulos, nominado en esa gala para abandonar el "estuche" blindado que millones de argentinos abren a voluntad pagando una llamada de celular (poderosa fuente de ingresos del programa, cuyo segundo publicitario cotiza a 3 mil pesos). Les molesta que use a Osito, la chica con la que se comprometió en una ceremonia de cotillón, similar en sus liturgias a las que unen a otros famosos. Otros... porque los 9 hombres y las 9 mujeres que entraron el 9 de enero a ese destierro mediático de 119 días son ahora famosos. Cuánto lograrán mantener encendida la llama es un misterio, pero participantes de versiones anteriores son hoy figuritas del show off. Las vedettes Silvina Luna, Ximena Capristo, Natalia Fava y Tamara Paganini fueron moldeadas por los parámetros sexistas más obvios del programa. Alcanza un ejemplo reciente: la comparación burlona entre Claudia, que en su ínterin extramuros fue tapa de Playboy, Jessica, luchando con un corpiño de cuero pequeño. Hay más ejemplos de machismo ramplón, pero nadie queja ¿Pasaría lo mismo si aparecieran actitudes racistas? ¿Y si surgieran opiniones antisemitas? FAMA NO CUESTAAjenos a los efectos del uso masivo su privacidad, los "hermanos menores" del Gran Hermano parecen agradecidos por su suerte. Fueron casting y entraron al Hall de Fama entre otras 20 mil personas entre 18 y 38 años que hicieron horas de cola para una selección de entre 3 y 7 minutos que consistía en responder: ¿Por qué quiere entrar al programa? ¿A qué se dedica?. La respuesta la dan los ganadores, los aspirantes y los encargados de la selección: porque busco fama. El escritor Alan Pauls los definió como "estudiantes de actuación, actores amateurs, pseudo actores, groupies de actores o, lisa y llanamente, artistas de la impostura". Para los participantes parece ser –como la consigna publicitaria– una cuestión de actitud. No se le escapa eso a Marcos Gorban, productor general del programa. Según su experiencia (estuvo en las tres ediciones anteriores, del 2001 al 2003) si antes, en una búsqueda, encontraban entre mil una decena de personas que daban bien en cámaras, ahora encuentran 600. Cita al semiólogo Eliseo Verón por aquello de que los televidentes han pasado de espectadores a protagonistas: "Este es un programa de entretenimiento, de vínculos, relaciones y acciones. Nada más", refuta si se le habla de banalidad. Y es lo que irán a buscar en futuros castings (la reedición de GH parece cantada después del exitazo) no sólo los tres chicos de Luis y Elvira Livelli; también la bandita ruidosa, clivaje teen de San Fernando, ubicada unos escalones más abajo. Cintia, con 22 la más grande del grupo, madre de una nena de 3 y recién separada, sueña con una chance. Mientras, sigue el programa toda vez que puede. Y si quiere, puede siempre. Opciones: Internet, donde participan de foros que predicen con maña de burrero y ambición sociológica los nombres caídos en desgracia, la radio y las revistas de la farándula. El efecto derrame sobre toda la grilla televisiva, trasponiendo las fronteras de Telefe e incluyendo la de otros canales es otro aspecto criticado. Todos los programas de chimentos se beneficiaron con el fenómeno GH. La difusión de secretillos y videos (Damián, barman en un boliche stripper, salió a desmentir en cadena haberse prostituido y haber protagonizado películas porno, algo que no pudo hacer Griselda, a quien encontraron en películas condicionadas...) levantó todos los ratings y el Comfer anunció multas para aquellos canales que difundieron material prohibido fuera del horario de protección al menor. Sin embargo, contra lo que los antecedentes de los participantes sugerían, lo más caliente pasa fuera de los 1.150 metros cuadrados de la casa que vigila un equipo de 200 personas con 35 cámaras y 78 micrófonos. La casa de GH es eso: la casta cohabitación de unos chicos que si bien pueden dormir mezclados en los cuartos, no pasan de algunas escenas sugeridas, como la que protagonizó bajo las sábanas Melisa Durán, entonces novia del cantante Sergio Denis, con uno que no era precisamente Sergio. Advertencia para futuros concursantes: no confíen en los mirones. Son moralistas. Ergo, no les gustan las infieles. El público votó masivamente contra ella, que peregrinó su arrepentimiento por cuanto programa hubo. Y los hubo todos, claro. Dadas las ganancias que obtienen los expulsados (varían según el personaje, pero llegarían a los 40 mil pesos) los cien mil que esperan al ganador parecen un premio exiguo. Como en esos relojes transparentes que desnudan sus tripas hechas de engranajes, el mecanismo humano de la casa de cristal parece no moverse nunca. Tirados, haciendo manualidades para distintas pruebas, raramente leyendo (aunque Gorban diga que "devoran a Paul Auster y a Rodolfo Walsh") y demasiadas veces hablando pavadas con lenguaje rudimentario. Generación Cero, se los etiquetó. Diagnóstico: adolescentes tardíos, sin intereses políticos, aspiraciones intelectuales o, siquiera, sexuales. Hay quienes temen los efectos contagiosos de esta nada cotidiana hecha reality. Pero para los observadores más perspicaces, el verdadero misterio no está en esa maqueta de laboratorio: está en el público. Muchos de los que lo ven se excusan, como sorprendidos en una falta. Y otros hablan de lo ocurrido allí dentro como de algo que los atañe. Los responsables del programa creen que la casa de GH funciona en miles de hogares como una habitación más. Ahí tienen de muestra a los dos veinteañeros con aspecto de universitarios apoyados contra las puertas del tren Roca rumbo a casa, hablando de "lo buena" que estaba la brasileña, rehén de intercambio con Gran Hermano Brasil, que alojó a Pablo, un argentino bonito que –está en su naturaleza, no podía evitarlo– canchereó con su ascendente sobre "una de las morochas" del experimento limítrofe.

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